Ingenio español
Volvamos unos cuantos años atrás... no, no tanto. Más o menos a cuando íbamos al colegio y deseábamos que esa chirriante campana sonara para salir al patio. Todos salíamos como alma que lleva el diablo buscando una pelota, unas canicas, unas tabas o vaya usted a saber qué. La cuestión es que allí estaba el origen de una de las tradiciones más vigentes en la actualidad, los motes. Hoy todo el mundo tiene uno y si no lo tienes, no eres nadie. Los hay despectivos, pero tradicionales: negro, gordo, mongol, gafotas, orejudo y demás improperios clásicos dentro del diccionario de la Real Academia de la lengua de la calle.
Hay quien dice que aquí está la cuna de ese término tan de moda. Sí, hablamos del acoso escolar o bullying, como dicen los pijeras de turno. Sin embargo, yo difiero de esos expertos que, por activa y por pasiva, parecen empecinados en ver fantasmas donde no los hay. Los motes existen desde tiempos de nuestros bisabuelos y no por ello se hablaba de acoso a nadie.
Qué sensación más maravillosa cuando se ganaba una batalla de motes a ese personajillo de tu misma clase que se creía un dios por no tener las orejas estilo Dumbo o los ojos achinados. Se le llenaba a uno la boca cada vez que repetía, una y otra vez, esa palabra milagrosa que hacia partirse a todo el mundo... ¡qué tiempos!
Uno pensaba que todo eso quedaba relegado al mundo infantil, pero nada más lejos de la realidad. En el trabajo todo el mundo acaba teniendo su pseudónimo identificativo, sólo que ahora, esa denotación despectiva o no nos importa o ha sido relegada a un segundo plano.
Spain is different y ayer, hoy y mañana seguiremos poniendo mote a todo y a todos, porque es algo innato en nuestra cultura y, no por ello, el niño estará siendo maltratado. Ahora bien, entiéndaseme, siempre que no haya una malicia manifiesta que pretenda hundir a una persona, pero háganme caso, en la mayoría de las ocasiones la marabunta suele escuchar campanas y no sabe dónde.
J.J.López







